La moralidad de la meditación
por David DeSteno

 
La meditación se está convirtiendo en un instrumento de moda para mejorar la mente. El interés en sus beneficios prácticos está creciendo gracias a la evidencia científica creciente que prueba el hecho de que la meditación puede mejorar la creatividad, la memoria y la puntuación en los test de inteligencia. 

Varios programas de entrenamiento en “mindfulness”, como el desarrollado por el ingeniero Chade-Meng Tan en Google, así como conferencias para líderes del mundo empresarial y técnico, prometen a los participantes descubrir cómo la meditación puede utilizarse para aumentar el rendimiento personal, el liderazgo y la productividad.

 
Todo esto está muy bien, pero si nos paramos a pensarlo, hay un poco de desconexión entre la búsqueda (totalmente recomendable) de estos beneficios y el propósito original de la meditación.  Conseguir más nota en los exámenes y ser más creativo en los negocios no eran la mayor preocupación de Buddha ni de otros maestros ancestrales de meditación. 

Como dijo Buddha: “Yo enseño una cosa y solo una: el sufrimiento y el final del sufrimiento”. Para Buddha, como para otros muchos líderes espirituales, el objetivo de la meditación es así de simple. Se suponía que ese mayor control de la mente que ofrece la meditación  servía para que sus practicantes vieran el mundo de una forma nueva y más compasiva, permitiéndoles liberarse de las categorizaciones (nosotros/ellos, yo/otro) que normalmente nos separan a unos de otros. 

¿Pero la meditación es efectiva en eso? ¿Se puede demostrar empíricamente el efecto inicial para el que se creó: la reducción del sufrimiento?
Para llevar esta cuestión a exámen, my lab, dirigidos en este trabajo por el psicólogo Paul Condon, con el neurocientífico Gaelle Desbordes y el lama budista Willa Miller, llevó a cabo un experimento que se publicará próximamenteen la revista Psychological Science. Se reunieron a 39 personas del área de Boston que estaban dispuestas a participar en un curso de meditación de ocho semanas (y que nunca habían hecho un curso así anteriormente). Elegimos aleatoriamente a 20 de ellos para que fueran a una clase semanalmente, lo que exigía que practicaran en casa utilizando grabaciones guiadas. A los restantes 19 se les puso en una lista de espera para un curso futuro. 
Después de las ocho semanas de instrucción, los participantes fueron invitados al laboratorio para un experimento en el que supuestamente se medirían su memoria, atención y otras habilidades cognitivas relacionadas. Pero, como imaginarán, lo que realmente nos interesaba era si esas personas mostrarían o no una mayor compasión frente al sufrimiento. Para descubrirlo, creamos una situación para ver el comportamiento de los participantes sin que ellos supieran que estaban siendo puestos a prueba.
Cuando un participante entraba en la sala de espera de nuestro laboratorio, el (o ella) se encontraba con tres sillas, dos de las cuales ya estaban ocupadas. Naturalmente, él se sentaba en la silla libre. Mientras esperaba, una cuarta persona con muletas y un pie escayolado, entraba en la habitación y suspiraba de dolor al apoyarse contra una pared. Las otras dos personas en la habitación, que trabajaban en secreto para nosotros, ignoraron a la mujer, con lo que planteaban un dilema moral a nuestro participante. ¿Actuaría compasivamente, dejándole el sitio a la mujer, o ignoraría egoístamente su problema?
Los resultados fueron sorprendentes. Aunque solo el 16 por ciento de los no meditadores ofrecieron sus asientos, la proporción subió al 50 por ciento entre los que sí habían meditado. Este aumento es sorprendente no solo porque ocurrió después de solo ocho semanas de meditación, sino porque ocurrió en el contexto de una situación que típicamente inhibe un comportamiento generoso: ver a otros ignorar a una persona que sufre (lo que los psicólogos llaman el efecto del espectador) lo que reduce las posibilidades de que alguien ayude en la situación. Aún así, la meditación triplicó la respuesta compasiva.
Aunque aún no se sabe por qué la meditación tiene este efecto, parece probable una de dos explicaciones. La primera se apoya en la habilidad probada de la meditación para mejorar la atención, que podría a su vez aumentar las posibilidades de darnos cuenta de que alguien sufre (en vez de quedarnos perdidos en nuestros pensamientos). Mi explicación preferida, sin embargo, proviene de un aspecto diferente de la meditación: su habilidad de fomentar la percepción de que todos los seres están interconectados. 
El psicólogo Piercarlo Valdesolo y yo hemos encontrado que cualquier signo de afiliación entre dos personas, incluso algo tan sutil como dar golpecitos con la mano a la vez en sincronía, hace que sientan más compasión entre ellos en momentos de sufrimiento. El aumento de la compasión en los meditadores, entonces, podría surgir directamente de la habilidad de la meditación de disolver las distinciones sociales artificiales (etnia, religión, ideología etc.) que nos dividen. 
Apoyando este punto de vista, descubrimientos recientes de los neurocientíficos Helen Weng, Richard Davidson y sus colegas, confirman que incluso un entrenamiento en técnicas meditativas breve puede alterar la función neural del cerebro en áreas asociadas con el entendimiento empático del sufrimiento de los demás, áreas cuya capacidad de respuesta también están moduladas por el grado de asociación de la persona con los demás.
Así que ánimo. La próxima vez que medites, puedes saber que no te estás beneficiando solo a ti mismo, también estarás beneficiando a tus vecinos, los miembros de tu comunidad y a desconocidos, al aumentar las posibilidades de que sientas su sufrimiento y actúes para disminuirlo también. 

David DeSteno es profesor de Psicología en Northeastern University, donde dirige el grupo  Social Emotions Group. Es autor del libro de próxima edición “The Truth About Trust: How It Determines Success in Life, Love, Learning, and More.”

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